Nemrod, yo soy tu padre

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La Torre de Babel (1563),  Peter Brueghel el Viejo

NOTA: este texto funciona como complemento de MdF #5, en fase de edición, para poner algunas ideas más sobre el tapete que no han entrado en el vídeo pero ayudan a entender el conjunto.

No hace falta ser muy entendido en cuestiones bíblicas para haber oído hablar de la Torre de Babel.  Un imponente zigurat (pirámide escalonada mesopotámica) , que según el Antiguo Testamento construyó Nemrod, bisnieto de Noé, como desafío a Yahvé, después de toda la movida del Diluvio Universal. Si se construía un edificio lo suficientemente alto, tan alto que el agua no pudiera alcanzar a los moradores de su parte superior, se habría logrado derrotar al mismísimo creador. Esta idea, como os podéis imaginar, no gustó demasiado al colérico Yahvé (que según las escrituras tenía muy mal café), quien para vengarse provocó que los constructores de la torre fueran incapaces de entenderse entre sí, y se desperdigaran por el mundo, frustrados, antes de poder terminar de construir la torre que tocaría el cielo.

La alegoría evangélica estaría hablándonos del momento en el que el Hombre, la civilización originaria, empezó a explorar nuevas regiones donde establecerse, y de paso explica un fenómeno complejo como la diversidad lingüística a la manera que a los creyentes devotos más les gusta: mediante magia.

Una buena manera de aprovechar una historia más profana, aunque igual de espectacular a nivel de ingeniería: según diversas fuentes, la torre bíblica tendría una correspondencia con la realidad. Suele asociarse con el zigurat Etemenanki, una de las construcciones más imponentes de la antigua Babilonia, que se sospecha podría haber alcanzado los 7 pisos de altura, con más de 90 metros en total sumando el templo que lo coronaba, lo cual, teniendo en cuenta que su creación se hunde en los abismos de las primeras civilizaciones, era una altura bastante brutal.

Pero el de Babel es un mito cebolla, uno con muchas capas y lecturas superpuestas, que ha fascinado nuestra imaginación durante siglos. Prueba de ello son las muchas representaciones de la Torre que encontramos a lo largo de la Historia del Arte, como la que Brueghel el Viejo pintó en Holanda más de 2000 años después de que Yahvé decidiera enredarnos las lenguas. O como los rascacielos que cautivaron la imaginación de la Escuela Moderna y los arquitectos del XX en adelante. Esos objetos fálicos y relucientes, hijos de la tecnología de vanguardia, que Howard Roark, protagonista de nuestro quinto capítulo (y de “El Manantial”, de King Vidor), se moría por erigir como muestra definitiva de su triunfo sobre los débiles de espíritu.

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Howard, en modo apoteósico al final de “El Manantial” (1949)

Nemrod quería desafiar al creador convirtiéndose en aquel que daría al mundo una nueva maravilla indestructible. Los constructores del mundo sufrieron las consecuencias de tal osadía. Porque más allá de elementos místicos, la Torre de Babel sirve sobre todo para ilustrar la compleja y larga relación entre la idea del constructor y la del dios. No por nada los masones decían (dicen) que Dios es el primer arquitecto, y utilizan el símbolo del compás en sus emblemas. El arquitecto es también, al menos en el imaginario colectivo (sabemos que la realidad es más compleja), el que crea algo a partir de nada. Pero si a Nemrod lo podemos asociar más con el mito de Ícaro, el que casi tocó el sol y se llevó un buen escarmiento, la figura de Roark es el cierre del círculo que se abre cuando al Todopowerful le da por mandar a los constructores del mundo a freír espárragos. Es el triunfo simbólico, vía ficción hollywoodiense, de la mente racional contra la divinidad.

Es también el que mejor simboliza la arrogancia de una razón que casi sin darse cuenta se entrega a otras idolatrías contemporáneas: la ciencia, la tecnología, el capital, el padre. En el fondo Roark no es menos idealista que sus colegas babilonios, sumérios o hebreos, aunque los separan miles de años y unas cuantas innovaciones en ingeniería (técnica y social). Todos viven (vivimos) mirando hacia el cielo. Tanto que demasiado a menudo se nos olvida mirar a ras de calle, a las personas que tenemos cerca y son como nosotros. Igual de falibles. Igual de humanos.

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Un comentario en “Nemrod, yo soy tu padre

  1. Pingback: MdF #5: Howard Roark, arquitecto sociópata | Mutaciones del Fantasma

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